3 formas de dar calabazas al perfeccionismo para abrazar la productividad

El perfeccionismo es en muchos sentidos una virtud, pero es en vertiente más extrema es una cualidad absolutamente corrosiva que atrapa a quien la atesora en una suerte de cárcel y le impide seguir hacia adelante con sus proyectos (tanto en el plano personal como laboral).

No todos los perfeccionistas son, en todo caso, exactamente iguales. Están, por un lado, los perfeccionistas luchadores, aquellos que no tienen ningún problema a la hora de ponerse manos a la hora e hincar el diente a los proyectos que tienen sobre la mesa, pero se confrontan a sí mismos con estándares absolutamente imposibles (por inalcanzables). Y por otro lado, están los perfeccionistas idealistas, que son tan esclavos de sus propios ideales que son incapaces incluso de iniciar los proyectos que tienen entre manos y se demoran sine die imaginando un futuro perfecto que jamás llega a materializarse.

Llevado al extremo, el perfeccionismo puede tornarse en un importante óbice para quienes despliegan este tipo de comportamiento (que a veces, solo a veces, es también una virtud). Muchos perfeccionistas son, al fin y al cabo, absolutamente incapaces de priorizar las tareas que tienen por delante.

En un artículo para Fast Company Tanya Dalton disecciona 3 claves para desintegrar (con la inestimable de la priorización de tareas) el perfeccionismo en su vertiente más corrosiva y dar paso así a la anhelada productividad:

1. Escalar: lo importante y lo urgente

Las labores importantes y simultáneamente urgentes portan sobre los hombros objetivos a largo plazo y van acompañadas asimismo de fechas tope extraordinariamente acuciantes.

Por su relevancia y perentoriedad, estas tareas deben situarse en la cima de nuestra lista de tareas (aunque no deben engullir por ello todo nuestro tiempo).


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2. Cultivar: lo importante pero no urgente

Las tareas preñadas de relevancia pero no urgentes están en estrechísimo contacto con nuestros objetivos porque tienen el foco puesto en el futuro (a medio o largo plazo), pero afortunadamente no están a merced de «deadlines» insoslayables.

Al no estar a expensas de fechas tope excesivamente perentorias, es fácil que este tipo de tareas se queden fuera de nuestro radar, pero son igualmente importantes que las entreveradas de urgencia porque son las labores que en último término nos permiten innovar y explorar soluciones creativas.

Es a las tareas importantes pero no urgentes a las que debemos en último término nuestro crecimiento laboral y personal.

3. Acomodar: lo poco importante pero urgente

Las tareas poco relevantes pero que exigen celeridad por parte de quienes las van a acometer no nos ayudar a hacer realidad los objetivos que nos hemos marcado a largo plazo.

Sin embargo, al ser particularmente «chillonas» tendemos a dar prioridad a este tipo de tareas con el último objetivo de acallarlas.

Es vital, no obstante, dedicar el menor tiempo posible a este tipo de labores y concentrarnos en las tareas importantes (tanto las que son urgentes como las que no lo son).

Priorizando tareas dejamos de malgastar inútilmente tiempo y energía decidiendo qué tareas vamos a emprender a continuación. Y cuando nos concentramos en unas prioridades muy concretas, dejamos atrás la parálisis solapada a menudo al perfeccionismo para abrazar la productividad.

Vía: Marketing Directo

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